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Un grinch suelto en el HosMet…

Un grinch suelto en el HosMet… MÁS COLUMNAS DE JORGE MALTRAIN Dicen que en diciembre todo se vuelve más alegre y luminoso, pero en nuestro hospital el espíritu navideño muchas veces se nos esconde entre turnos largos, correos urgentes marcados como “alta prioridad”, cursos de capacitación de última hora al que tenemos que ir obligados y cafés que ya van por su tercera recalentada. Es entonces cuando aparece un pequeño grinch interno… cuando el ascensor -cuando funciona, hay que decirlo- se demora justo cuando vas atrasado, cuando la impresora decide entrar en su modo generación Z rebelde y se niega a imprimir… o cuando el gorrito pascuero no combina mucho con el uniforme clínico, pero justo vienen los catetes de Comunicaciones a tomar la foto navideña de turno. Ese grinch también asoma cuando el cansancio pesa más que las canciones navideñas que suenan en el parlante de alguna oficina, cuando el reloj parece caminar en cámara lenta durante el turno de noche o cuando el “lo vemos en 5 minutos” se transforma, misteriosamente, en una hora completa (ni hablar del “voy y vuelvo” para ir a comprar donde el Turco o a la Cruz Verde). Este personajillo se cuela en los comentarios apurados, en el paso doble de los funcionarios en los pasillos revisando su celular, en el saludo que a veces se nos queda en el bolsillo porque en la cabeza tenemos miles de cosas pendientes… incluso aparece cuando la agenda está tan llena que no deja espacio para el “¿cómo estás?” ni para andar con cara de villancico. Pero el grinch del hospital no es malo. Es sólo una señal de que estamos cansados, de que lo dimos todo durante el año y de que seguimos funcionando a punta de vocación y compromiso. Lo vemos en los pasillos, pero también sabemos reconocer cuándo empieza a irse, porque basta un gesto mínimo para hacerlo retroceder: el bon o bon que nos regaló el Comité de Navidad, una buena broma en medio del turno o ese saludo que sabes que es con cariño y real preocupación. Y es ahí cuando ocurre lo de siempre: en medio del caos ordenado que es un hospital, algo termina ganándole al grinch. La mano que ayuda sin que nadie la pida, el equipo que se coordina casi sin hablar o ese paciente que te agradece de corazón porque estuviste ahí para atenderlo. Porque si algo hemos aprendido de las navidades y años nuevos en el hospital es que más allá de las puertas adornadas y los lindos arbolitos de las unidades clínicas o las oficinas administrativas, el espíritu de las fiestas se releva en esos pequeños grandes actos que hacen del HosMet el lugar tan especial que es…

Halloween: horror en hospitales o cuando el bisturí no es tu peor enemigo

Halloween: horror en hospitales o cuando el bisturí no es tu peor enemigo MÁS COLUMNAS DE JORGE MALTRAIN Los hospitales (especialmente uno como el HosMet) son lugares donde puedes sentirte seguro, donde un grupo humano cuidará de ti y hará todos los esfuerzos para que te vayas a casa mejor que como llegaste… o así es como lo vemos nosotros, porque los directores de cine suelen tener una visión muy distinta. Así, entre batas blancas, luces frías, camillas vacías y gel antibacterial, cualquier espectador habitual de sus películas entiende que si te hirieron en extrañas condiciones y llegas a un hospital… será mejor que vayas llenando tu testamento. O, peor aún, capaz que vivas para contarlo, con todas las consecuencias del caso. En este especial de Halloween, te invitaré a hacer un recorrido por algunas películas de terror que han hecho de un nosocomio su quirófano del espanto y su pabellón del pánico. Ponte cómodo, ajusta el suero y, antes de seguir adelante, no te olvides de firmar el consentimiento informado…. no respondo por efectos colaterales. ¿POR QUÉ UN HOSPITAL METE MIEDO?Antes de entrar en materia, hagamos una breve disección. ¿Qué tienen los hospitales que los vuelve escenarios perfectos para el horror? Veamos… ¿Gente dormida o sedada? Un blanco fácil para un demonio aburrido y con ganas de poseer a alguien. ¿Pasillos largos y con la típica luz que parpadea? El escenario ideal para que un niño sin párpados se te quede mirando fijo desde la otra punta. ¿Monitores que suenan sin parar? El verdadero terror es cuando dejan de hacerlo… ¿Personal que trabaja en turnos de 24 horas sin dormir? Algo que, en sí mismo, suena más escalofriante que cualquier zombi con los ojos llenos de pus. ¿Y el momento que da más terror? En rigor, no se da en los hospitales chilenos, pero sí en las clínicas privadas: el momento en que te entregan la cuenta. Horror real. RESEÑAS DE ALGUNOS FILMES DE CULTO Session 9 (2001) Bienvenido al manicomio abandonado. En esta cinta, dirigida por Brad Anderson, un equipo de limpieza entra a desinfectar un viejo hospital psiquiátrico alejado de la mano de Dios. Por supuesto, nada podría salir mal, ¿o no? Pues bien, esta joyita avanza de a poco y te pone incómodo de principio a fin… es como una colonoscopía, pero en tu sillón y con un bowl de cabritas. En el hospital hay ecos, voces y fichas clínicas que, sin anestesia de por medio, vuelven locos a los protagonistas. Lo bueno es que la cinta nos deja una enseñanza: si tu trabajo es limpiar hospitales abandonados en los que hasta el moho tiene moho… mejor presenta tu renuncia y dedícate a otra cosa. Grave Encounters (2011) Hay gente que es fanática de los reality shows. En el equipo de Comunicaciones, sin ir más lejos, hay uno que no se pierde capítulo de Mundos Opuestos y sueña con que lo llamen para integrarse al Internado. Pues bien, en esta cinta un equipo de televisión decide que es una tremenda idea pasar la noche (adivinen) en un hospital psiquiátrico abandonado. Todo por el rating, la fama y ser una estrella de Facebook. Dirigida por los Vicious Brothers, la película utiliza el formato del falso documental y tuvo bastante éxito al punto que tuvo una secuela unos años después. Lo que queda claro tras ver la cinta es que los fantasmas no tienen redes sociales… cero respeto por los influencers. The Kingdom (1994) Antes de ganar fama internacional con películas como Dogma, Rompiendo las Olas o Bailando en la Oscuridad, el director de cine sueco Lars von Trier ganó prestigió entre los amantes del terror por esta película que, a lo largo de cinco horas, resumió su serie de televisión Riget, ambientada en un hospital que era un verdadero portal al infierno, conjugando el horror con humor, bebés mutantes, médicos racistas, ancianos que ven espectros en los pasillos y un microcosmos de lo que sería un hospital público con un presupuesto postapocalíptico… ¡y todo antes de la pandemia! La serie tuvo tanto éxito que el propio Von Trier dirigió una tercera temporada -y final- hace sólo unos años. Halloween II (1981) Y como estamos a las puertas de esta fecha tan especial, qué mejor que terminar este breve recetario de películas inyectadas a la vena que la secuela de esta serie de culto, que volvió a tener como protagonista a Jamie Lee Curtis en el rol de Laurie Strode, la víctima favorita del psicópata Michael Myers. Todo comienza donde quedó la primera entrega, con una Laurie que es llevada al hospital. Su acosador no tarda en pasar a hacerle una visita, sin pasar por la OIRS y matando a cuanto médico o enfermera le saliera al paso. Lo más llamativo es que pese, a su icónica máscara, nadie le daba boleto a Myers… parece que también estaban colapsados en el Haddonfield Memorial. BONUS TRACK: MANUAL DE SUPERVIVENCIAPara no quedar sólo en la columna, entregaré algunos consejos importantes en el caso de que te toque pasar una noche de Halloween en un hospital (ya seas paciente, visitante o funcionario) para que no seas parte de la próxima película de terror de culto: – Evita entrar en esa sala que está cerrada por remodelación desde que tienes memoria porque adentro lo único que remodelarán será tu cabeza si es que entras. – Si se te cruza en un pasillo un niño que te dice “ven, te quiero mostrar algo”, date la vuelta y camina a paso veloz sin mirar atrás. – Si escuchas una campana sonar sola… corre… o reza… o hace ambas cosas. – Y si ves una enfermera flotando por un pasillo, no es un disfraz ni es cosplay… ¡¡¡sólo arranca!!!

“The Pitt”: entre bisturíes, sarcasmo y salud pública

“The Pitt”: entre bisturíes, sarcasmo y salud pública MÁS COLUMNAS DE JORGE MALTRAIN Debo confesar algo: tengo una debilidad crónica por las series médicas. No por vocación frustrada ni por el fetiche de las batas blancas (aunque, seamos honestos, George Clooney dejó huella en la fantástica ER), sino porque no hay nada más emocionante que ver cómo alguien revive después de 47 minutos en paro cardíaco… y justo antes que corran los créditos. Y en ese mundo de hospitales televisivos, mi corazón siempre ha latido al ritmo del sarcasmo de Gregory House. Nada me ha divertido más que verlo diagnosticar sífilis, lupus, un hongo del Amazonas y una mentira, todo en el mismo capítulo. House era el único capaz de tratar a sus pacientes como si fueran una junta de vecinos desagradable… e incluso así salvarles la vida. Genio y figura. O misántropo funcional. O las dos cosas. Antes de House, eso sí, todos los que amamos las series médicas nos formamos en las urgencias de ER. La madre fundadora del caos bien iluminado. Con esa serie entendimos que los hospitales eran campos de batalla emocionales, donde la adrenalina y el trauma se mezclaban con el café de máquina y los amores imposibles. Sin ER, no existiría ni Dr. House, ni New Amsterdam, ni esa joya oculta que es Code Black, donde todo explotaba menos el profesionalismo de Marcia Gay Harden. Y entonces llegó The Pitt. Sin tanto bombo, con su estética un poco gris, su ritmo sucio, rápido, público. Y con un extraordinario Noah Wyle a la cabeza. Quien fuera el querido doctor Carter en ER, asume en esta secuela espiritual el papel del atormentado doctor Michael Robinavitch, en un rol que le hizo ya ganador del Emmy (al igual que la serie, que asoma también como favorita para los Globos de Oro). The Pitt no se disfraza de serie médica de catálogo. Aquí no hay neurocirujanos con abdominales ni diagnósticos milagrosos con tomografías en cámara lenta. Aquí hay salud pública. Gringa, pero salud pública al fin y al cabo, con todo lo que eso implica: turnos eternos, camillas escasas, pacientes que esperan (y desesperan), y funcionarios que sobreviven a punta de vocación y café recalentado. The Pitt tiene algo que otras series no se atreven a mostrar: humanidad cruda. El agotamiento, el desorden, las microviolencias institucionales. Pero también el humor, esa forma de defensa pasivo-agresiva que usan quienes trabajan en contextos imposibles. Tiene ironía, tiene rabia, tiene ternura. Tiene a ese funcionario que lo ha visto todo y que, aun así, sigue llegando puntual. Épica en estado puro, con o sin música dramática de fondo. A veces siento que The Pitt es lo que pasaría si mezclamos a House con Code Black, les quitamos el aire acondicionado y les ponemos un sistema informático que se cae cada cinco minutos. Y, sin embargo, funciona. Porque emociona. Porque duele. Porque, a ratos, da más esperanza que cualquier final feliz hollywoodense. Y porque, si me lo preguntan, eso también es salud.