El management también suena a rock británico

El management también suena a rock británico La influencia cultural de la música del Reino Unido en los Recursos Humanos chilenos. En los pasillos de muchas oficinas chilenas, desde hace un par de décadas, se habla de liderazgo transformacional, trabajo en equipo, competencias blandas, desarrollo de talento, clima organizacional. Conceptos que hoy parecen naturales, pero que hace no tanto eran extraños, incluso incómodos. La pregunta que me ronda es: ¿cómo llegamos ahí? ¿Qué hizo que pasáramos del modelo del jefe rígido y el trabajador obediente, al discurso del colaborador empoderado? Y, más aún, ¿qué papel jugó la cultura -y específicamente la música británica- en esa transformación? No exagero si digo que The Beatles, David Bowie, Queen o Radiohead no solo influenciaron nuestra forma de vestir o de cantar en la ducha. También nos ayudaron a imaginar otras formas de vivir y trabajar. Porque antes de que en Chile se hablara de gestión por competencias, muchos ya nos preguntábamos -aunque no lo sabíamos- por el sentido del trabajo, el lugar de la creatividad o el peso del sistema, gracias a las letras y estéticas que venían desde Londres, Manchester o Liverpool. Cuando uno escucha a los Beatles, más allá de la melodía, hay algo en la colaboración entre Lennon y McCartney que inspira. No siempre se llevaban bien, pero supieron sacar lo mejor del otro. ¿No es eso, en el fondo, lo que buscamos cuando hablamos de liderazgo colaborativo? ¿De equipos que enfrentan tensiones sin destruirse? Muchos años después, en un taller de trabajo en equipo, me di cuenta de que esa lógica ya la había visto… en Abbey Road. Después vino Bowie. Y con él, otra pregunta: ¿puede uno trabajar siendo quien realmente es? Con su estilo provocador, cambiante, disidente, Bowie rompía moldes de género, de imagen, de identidad. Mientras tanto, en nuestras oficinas todavía se hablaba de “perfil corporativo”, como si todas las personas tuvieran que encajar en el mismo molde. Hoy hablamos de inclusión, de identidad de género, de diversidad generacional, pero hace décadas Bowie ya nos mostraba que no hay una única forma válida de estar en el mundo. ¿Cuántas organizaciones están realmente preparadas para acoger esa diversidad? Y cómo no mencionar a bandas como The Smiths, Blur o Radiohead, que pusieron en el centro algo que nos cuesta mirar de frente: el vacío, el hastío, la rutina. La alienación. Esos lunes eternos, esa sensación de no pertenecer. ¿No es eso lo que hoy llamamos “mal clima laboral” o “riesgo psicosocial”? Las letras de esas bandas fueron muchas veces un primer diagnóstico emocional, mucho antes de que aparecieran encuestas o consultoras. Nos hicieron conscientes de que algo no estaba bien, aunque no supiéramos ponerle nombre. Claro, uno podría decir que esto no tiene fundamento teórico, que es solo una lectura libre. Pero basta mirar autores como Edgar Schein o Geert Hofstede para entender que la cultura -incluso la pop- sí importa. Que las organizaciones son espacios culturales, donde se transmiten símbolos, creencias, estéticas. Que no todo se reduce a KPIs o estructuras. A veces, una canción puede enseñarnos más sobre liderazgo o empatía que un manual de management. En Chile, durante años importamos modelos anglosajones sin preguntarnos por su trasfondo cultural. Se nos dijo que debíamos implementar “gestión del desempeño”, “coaching de feedback” o “evaluación 360”, como si fueran herramientas neutras. Pero venían con una lógica detrás: individualismo, autorrealización, libertad creativa. Lógica que también estaba en la música que escuchábamos, incluso sin saberlo. Quizás por eso algunos modelos calaron tan bien, y otros no tanto. Hoy, cuando hablamos de salud mental, de bienestar, de sentido del trabajo, estamos retomando muchas de esas preguntas que la música británica ya nos había susurrado hace décadas. Preguntas incómodas, pero necesarias. ¿Para qué trabajamos? ¿Qué nos hace sentir parte de algo? ¿Cuánto espacio tenemos para ser nosotros mismos? Probablemente nadie en Recursos Humanos lo diga abiertamente, pero detrás de cada charla motivacional, de cada plan de desarrollo, de cada intento por humanizar el trabajo, hay también un eco lejano. Un acorde de guitarra, una letra que nos marcó, una estética que nos hizo pensar que la vida podía ser distinta. Y en ese eco, sigue sonando algo de Bowie, de Lennon, de Freddie Mercury. Algo que nos recuerda que, aunque trabajemos con procesos y matrices, lo que nos mueve sigue siendo profundamente humano. Y a veces, profundamente musical.